Cuando un policía sale de su casa para iniciar turno, probablemente su mayor preocupación sea regresar con vida junto a su familia. La ciudadanía suele imaginar que el peligro se encuentra al otro lado de un operativo, detrás de un vehículo sospechoso o en medio de un enfrentamiento contra un grupo criminal. Sin embargo, un documento interno del propio Ministerio de Seguridad Pública plantea una interrogante mucho más incómoda: ¿qué ocurre si el mayor riesgo está dentro de la misma institución?
El informe confidencial, cuya firma digital oficial fue verificada y validada, describe el análisis de 122 funcionarios de la Dirección Regional Brunca Sur que aparecen relacionados, según distintas fuentes institucionales, con información de inteligencia, registros policiales y otros antecedentes vinculados con organizaciones dedicadas al narcotráfico, el contrabando de licor, la trata ilícita de migrantes y el apoyo a aterrizajes clandestinos de aeronaves.
No corresponde a un medio de comunicación convertir un informe de inteligencia en una sentencia. Para eso existen las investigaciones administrativas y los tribunales de justicia. Pero tampoco sería responsable ignorar un documento elaborado por la propia institución, dirigido a la Dirección General de la Fuerza Pública y cuya autenticidad fue confirmada mediante la firma digital oficial.

Más allá de los nombres que aparecen en sus páginas, el documento deja otra preocupación que pocas veces se discute. ¿Qué ocurre con el policía que sí cumple con su deber cuando comparte todos los días la misma delegación, la misma patrulla, la misma radio de comunicación y las mismas armas de la República con un compañero que, al menos para efectos de inteligencia institucional, genera dudas suficientes como para ser incluido en un informe de esta naturaleza?
La labor policial no funciona únicamente sobre reglamentos. Funciona sobre confianza. Un oficial entrega su vida al criterio del compañero que conduce la patrulla, cubre un operativo o responde a una llamada de emergencia. Esa confianza permite actuar en segundos cuando una decisión puede significar vivir o morir.
Si esa confianza desaparece, toda la estructura operativa comienza a debilitarse.
No solamente porque pueda filtrarse información sobre investigaciones o controles de carretera. También porque el crimen organizado deja de ser un enemigo externo y pasa a tener la posibilidad de conocer cómo se mueve la institución desde adentro.
El ciudadano común suele pensar que el objetivo de infiltrar policías es evitar una captura. Probablemente el beneficio sea mucho mayor. Una organización criminal podría conocer los horarios de patrullaje, identificar a los investigadores más incómodos, anticipar allanamientos, reconocer informantes, proteger cargamentos o simplemente permitir que determinadas rutas permanezcan libres de controles.
Pero existe otra víctima silenciosa.
El policía honesto.
Ese funcionario que decidió servir al país termina cargando el peso de una desconfianza que él nunca provocó. Cada vez que aparece un caso de corrupción policial, miles de oficiales ven deteriorarse el prestigio del uniforme que representan. La ciudadanía deja de distinguir entre quien cumple la ley y quien la traiciona.
Tal vez por eso la peor decisión institucional nunca sea investigar demasiado. La peor decisión sería dejar de investigar.
Si el informe dio origen a procesos disciplinarios o penales, la ciudadanía merece conocer sus resultados. Si las sospechas fueron descartadas, también debería informarse. Y si algunos funcionarios continúan prestando servicio mientras existen investigaciones abiertas, corresponde explicar cuáles controles existen para proteger tanto a la población como a los propios policías que trabajan con ellos.
La seguridad pública depende de armas, patrullas y presupuesto. Pero antes que todo eso depende de confianza.
Porque un policía puede enfrentar al crimen organizado todos los días en la calle.
Lo que ninguna institución debería permitir es que un oficial honesto tenga que preguntarse, antes de subir a una patrulla, si el enemigo ya está sentado a su lado.
